
Día de inscripción. Mi teléfono suena, son las chicas que quieren saber en qué cursos estaré para ver si podemos coincidir en alguno. Contesto, pero ya he tomado la decisión de llevar con ciertos profesores y, como hay muchas diferencias, no llegamos a ningún acuerdo.
Ya en la computadora, me inscribo. ¡Ah! ¡Tengo el horario perfecto! ¡Realmente este ciclo llevaré los cursos que quiero! –Pienso felizmente mientras le doy un último vistazo a mi horario. Me siento feliz porque al fin podré llevar ASPA (Análisis social de procesos actuales) luego de posponerlo por dos ciclos. En realidad este semestre la pasaré genial.
Primer día de clase, primera clase: ASPA. ¡Qué genial! Espero al profesor con muchas expectativas dentro de mí. Mientras tanto, entran al salón un par de amigas y se sientan cerca de mí. ¡Qué raro! Esperaba estar sola en todos mis cursos este semestre. En silencio me molesto conmigo misma ¡cómo es posible que me moleste eso!
Lamentablemente, cuando estoy en clase, o cuando estoy haciendo algo que me interesa, no hablo, no escucho y la verdad no me ocupo de lo que pase a mí alrededor. Siempre he sido así y la verdad es que eso tiene dos lados: Uno negativo, y otro positivo. Por supuesto, el positivo es en beneficio mío. Pongo total atención en algo que me gusta. El negativo, por el contrario, tiene que ver con los demás. Me ocupo tanto en lo que estoy haciendo, o pensando, o escuchando que si me hablan no obtendrán ninguna respuesta (que no sea algún gesto de afirmación o negación).
En fin, eso fue lo que sucedió la primera, la segunda, la tercera y las siguientes clases con ellas. No me molesta responderles cuando me hablan durante las clases o cuando comentan cosas entre ellas que quieren compartir conmigo. Sin embargo, si me molesta. Es totalmente contradictorio lo que acabo de afirmar, pero es verdad. Por un lado, no me molesta porque sé que no siempre tengo que superponer mis intereses a los de otros y trato de llevar todo bien. Pero, me molesta que lo hagan casi toda la clase.
Quinta semana, lunes, clase de ASPA. ¡Qué terrible que sea esta clase con la que se inicie la semana! Tengo los ánimos alicaídos y entro al salón con ganas de dormir. Entra el profesor, entrega las notas de los trabajos grupales. Nuestra nota, un horrible y grande doce está escrito en rojo sobre nuestra hoja. Lo miro de reojo mientras un integrante de nuestro grupo se lo entrega a las chicas.
Es en ese momento cuando decido escribir esto mientras mando mensajes de texto a un compañero de otra clase para coordinar la hora en que estudiaremos luego de ésta clase.
Escucho que el profesor habla y habla, se detiene esperando preguntas y, como no hay ninguna, prosigue. Yo si tengo una pregunta, pero lamentablemente no es para el profesora tan “buena gente” sino para mí misma. ¿Por qué me inscribí en este curso? En estas cinco semanas me he dado cuenta que en realidad no siento “eso” que se siente por los temas apasionantes. ¿Será porque está tocando temas que he visto hasta el agotamiento el ciclo pasado con Manrique y en investigación académica con Pease? Tal vez.
Ahora me parece gracioso que todas las ganas que tenía por llevar este curso ya hayan desaparecido. ¡Qué contradictorio!